Qué tienen en común un volcán en Ecuador, el órgano del oído y el éxtasis?
Cómo describir un libro que se lee como un trance, como una ascensión (a la montaña) un descenso (al interior de uno mismo) y un tránsito (el del temazcal). Es una muerte, un renacer y una liberación que redefine la relación con lo humano y -podría decir- más allá de lo humano.
En un futuro cercano, dos amigas (Noa y Nicole) salen de Guayaquil escapando de esa violencia que en Latinoamérica se lleva pegada en el alma por generaciones. Emprenden el viaje hacia el Festival del Ruido Solar, un festival ancestral indígena que se celebra en la falda del gran volcán sagrado. Allí se encuentran con Mario, Adriana, Pamela y Pedro todas almas atormentadas en cuerpos que quieren ser removidos por la fuerza del volcán. Su fuego. Y aquí remover significa MOVER pero también RETIRAR. Separarse del cuerpo que condensa todas las violencias, tratar de desprenderse de él.
Y aprendemos rápidamente que el viaje de Noa hace parte de algo más grande. Víctima del desamor y el abandono, Noa tiene el deseo de querer encontrar a su padre. A medida que vive la experiencia en el festival del ruido, su decisión se vuelve no solo irrefutable sino inevitable. El porqué es lo que menos importa. Pero sabemos que su deseo no pasa por una forma de reconciliación, sino que se quiere una respuesta o mejor, una manera de conectarse con ese sentimiento idílico que la uniría a su padre. Pero obviamente la aventura sigue caminos inesperados. Excede las expectativas y el desenlace se produce siempre a expensas de sus propios deseos.
El oído y el terror
La inmersión en lo desconocido se siente a través de un organo fundamental: el oído. El sonido de los instrumentos convoca las entrañas de la naturaleza. Están hechos de vida. Se sienten y duelen. Se tocan, pero también se tragan, se absorben. Los seres se vuelven instrumentos. El sonido se siente como algo íntimo: sexual y visceral al mismo tiempo. Es nacimiento. Y herida de muerte. Y es algo que pasa lo quieras o no porque ya no lo controlas.
Porque es el órgano que, a diferencia del ojo, no podemos cerrar, lo que nos impide ignorar la palabra no pedida, la música que penetra y corroe. Como un ácido. La música es la vibración del festival que transforma cuerpos y espíritus. La música no calma. Duele. Lo que Noa oye produce un desdoblamiento que la obliga a mirar hacia atrás. Es un movimiento físico, pero también simbólico. La presencia del volcán se siente. Hace temblar y convoca fuerzas extrañas que se desbordan. Como la estampida de caballos que pretende arrasar con lo humano. Con parte de lo humano. Y la metáfora del caballo blanco, ciego, en el que Noa se ve reflejada. Como un espejo.
Hay magia y hay terror. El poder ancestral no llega como un bálsamo que calma y aporta serenidad. De hecho, muchos viajes con los ancestros en otras experiencias de poder, no se revelan como viajes tranquilos. El viaje con ayahuasca por ejemplo, es un camino de catársis y de sufrimiento para llegar a un punto de encuentro con uno mismo. El temazcal te quita el aliento (literal), te doblega, te obliga a arrastrarte y a calmarte (no como una opción sino como un método de supervivencia).
La danza de la fé
Los participantes del ruido solar se entregan a una danza desenfrenada. El festival del Ruido Solar se inscribe aquí dentro de la tradición más clásica del carnaval. Hay desborde de emociones y Ia tranformación se hace necesaria. El devenir otro. Sin embargo, el deseo de fuga llevado a sus consecuencias finales termina convirtiéndose en el punto de ruptura y de no retorno para todos los participantes. Está la fuerza del volcán, de la montaña, pero también todo lo incierto que ello convoca.
¿Y de qué aferrarse?
Definitivamente no del amor. Porque es limitante. Es oscuro. Te atrapa y te ataca. No salva, sino que condena. Y limita y además corta las alas. El amor es algo que se busca pero no se encuentra. Noa busca el amor de su padre, Nicole busca el amor fraternal de Noa y aunque pudiésemos creer que es el amor lo que hace que Nicole se atreva a acompañar a su amiga, descubrimos prontamente que es el temor a quedarse con su soledad.
El amor no se ofrece sino que se mendiga, se pide con dolor y a veces no llega. Y si llega es para sumirnos en un callejón sin salida. Noa, Nicole, Pamela, Mario, todos conservan una herida de desamor. O un desencuentro. Tal vez una grieta primordial. Mucho antes de la consciencia. Por la vía del desamor asistimos a la transformación de Noa, quien busca exorcizar el trauma del desamor paternal. En silencio. Casi sin quejarse. Su transformación se produce en su cuerpo casi a pesar de ella. Es la música y la proximidad del volcán lo que la transforma. Pero también el miedo. Que la habita y la desola. Y al final su metamorfosis hace que recuerde lo que olvidó al nacer, diríamos con Octavio Paz): el conocimiento que poseía su abuela. Pero lo que atterra aquí es también esa parte de oscuridad que viene con ese conocimiento. Es a la vez un acto de sincronización y de enajenación. Porque lo que conecta a Noa con su abuela paterna la separa definitivamente de su padre y de éste plano de realidad. Una liberación que viene con una cierta forma de locura.
Si piensas que te he contado todo acerca de ésta novela y que ya no vale la pena leerla pues te equivocas. Porque igual de interesante que la historia es la manera cómo se cuenta. La narración de Monica es rápida y poética. Es trepidante. Es música. Pero como ella misma lo muestra sus descripciones hieren. Penetran en lo profundo del inconsciente. Algunos apartes necesitan ser leídos en voz alta. Como invocaciones. Son un viaje con plantas medicinales. Efímero y eterno e indescriptible. El poder de la voz convoca y sus palabras son conjuros que te transportan al centro mismo de la montaña. Sin piedad.
Por ejemplo, la ascensión al cráter del volcán, al Altar, para la celebración del Inti Raymi se convierte en una travesía por la naturaleza que se presenta como impenetrable o mejor, inimaginable. Y el lector puede sentirlo. El frío, la niebla, todo confluye para atemorizar y hacernos desistir. Es hostil. Porque necesitas merecer lo que se te ofrece. El encuentro con el interior del volcán, con tu interior. Pero aquí no sabes qué recompensa vas a tener. Y eso no importa porque ya no hay alternativa. La ciudad violenta está en llamas y la esperanza es inexistente. Ya no hay nada más que perder. Nos enfrentamos aquí ni más ni menos que al dilema permanente en el que se debaten las sociedades latinoamericanas.
Me interesa particularmente porque habla de una relación visceral con la tierra donde naces y que saca tu fuerza más violenta, esa que cohabita cerca de tus entrañas.
Lo recomiendo especialmente para aquellas personas que tienen un apego por las historias donde la naturaleza es el actor central y que quieran impregnarse de las realidades latinoamericanas donde conviven la violencia primordial de la colonización con la tradición ancestral que pretendió ser acallada, pero que sobrevive. A pesar de todo sobrevive.
Y si tuviera que retener una sola frase o un paragrafo de éste libro escogería el siguiente :
Lo que quería era escapar, pero escapar no era un sitio en donde poder quedarse. La huida va hacia lo incierto como la yeguada bajo la tormenta: si uno quiere sobrevivir debe encontrarse un refugio, un punto en el que guarecerse”.

