Telenovelas mejor no verlas
Rene Magritte. Los amantes

Eugenia atravesó el océano para atrapar su sueño de siempre. Y lo había conseguido. Estudiar la sociología de la familia le había interesado desde que leyó en alguna parte que la idea de un padre, una madre y unos hijos como núcleo principal tenía un origen. No había estado allí eternamente. Sentía que el tema la cuestionaba desde muy joven y en Europa vió la posibilidad de dar paso a su curiosidad. Se entregó completamente a su deseo. Estudió con ahinco. Se graduó con honores.

Intento entregarse a la pasión amorosa de la misma manera. Al fin y al cabo era el buen momento. Los límites de sus obligaciones y responsabilidades como hija de familia se detenían en las fronteras. No había porqué seguir aparentando. Pensó en consagrarse a amores efímeros, donde la pasión se desplegaba en una noche. Completa. Lo imaginó como una liberación. Como un placer. Como su placer. El problema era que no pasaba. No llegaba a sentirlo como un placer.

Lo atribuyó en principio a las elecciones que hacía. Chicos que encontraba en un bar, conocidos de la Universidad, amigos de amigos. Aunque quería, le costaba despojarse de la pretensión a la permanencia. A que durara. Aunque en apariencia funcionaba. Había el encuentro, las cosquillas del deseo y las hormonas todas regadas por su cuerpo. Luego el sexo, la busqueda de su placer. La frustración. Y se quedaba allí. Contenida con su deseo pero deseando que él deseara que fuera constante. Que su deseo (a él) sí estuviese presente. Aunque el suyo hubiese desaparecido. El derroche de placer se quedaba atascado en alguna parte de su cuerpo. No salía. Y pretendía que el del otro saliera y se mostrara. Y que eso fuese suficiente para los dos.

Se contradecía entre el impulso de devenir salvaje y la convicción de querer encontrar al amor de su vida. Y pretendía que no le afectaba. En el silencio de su habitación de 8 metros cuadrados en algún lugarcito de Paris, o de Lisboa, se quedaba desolada después de cada encuentro esporádico. Pensando en las razones. En los cómo si y en los ¡si hubiera podido

Súbitamente lo recordó. Le vino como un sueño. Recordó que soñaba con ese galán que veía todos los días en la Tv. Había crecido en una familia de clase media dentro de la sociedad bogotana y lo inevitable hacía parte de su cotidiano. El ritual que se repetía a diario era el de la familia reunida frente a la TV en la sala para ver la telenovela de turno. Frente a sus ojos desfilaban los que ella creía que eran los ideales de la mujer enamorada, que extrañamente, como un fráctal, se repetían no importara  de dónde procediera la historia.

Desde sus diez u once años, por los años 90s Eugenia consumía con ansiedad las historias con desgarradores llantos venezolanos primero, las que las remplazaron: historias de amor de inocencia y venganza de las novelas mexicanas y que poco a poco fueron sustituidas por las historias de llanto de amor, de inocencia y de venganza de las novelas colombianas. Reflejo un poco de la cultura religiosa fuertemente enraizada en la percepción amorosa. Y de toda una herencia. Intangible. Inevitable.

El mito de la mujer inocente, pura, inmaculada, reservada para el que será el amor de su vida. Con un amor cristiano que todo lo da, que todo lo puede, todo lo aguanta. Un amor entre madre y martir. Indefectible. Inevitable. Estruendoso, doloroso, acostumbrado a la traición. El sacrifico erigido en pilar del amor.

Pocos años después vino la relación permanente. Una de tantas. A costa de querer imponerla. Y aunque se dijo que ya estaba preparada y que Europa le había ayudado a liberarse, la imagen de la mujer enamorada ha se había instalado en su ser. Más alla de lo que ella podía ver. Algo que al principio burló los cerrojos de su consciencia para alojarse allá en lo profundo del inconsciente. Poco a poco. Sutilmente.  

Su elección fue un colega de la Universidad. Seductor. No había nada en él que presagiara que podría ser una relación permanente. Pero pasó. Y pronto vino el desencanto y un cierto vacío ante lo que no podía explicar. La violencia que se imponía a ella misma para estar en una relación. Se despojaba de su poder para transferírselo a sus pareja. Quedando en débito. En dependencia. Sin la posibilidad de expresarse. Porque otra idea que se le había metido muy dentro era la que ciertos sentimientos no se acompasaban bien con su carácter. O con lo que debía ser su carácter. La rabia, la frustración, la desazón, el descontento.

Qué hacer ahora que lo sabía y que hubiese querido no saberlo?

Tal vez seguiría tratando de ignorarlo porque de lo contrario sentía que sería demasiado doloroso, aunque ya estaba siendolo…

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