margaret keane young girl with blue dress
Margaret Keane, young girl with blue dress

El descubrimiento del cadáver de un infante en una de las tumbas desterradas y expuestas en el convento de Santa Clara en Cartagena de Indias en 1949 da paso a un relato mágico -terrorífico de Gabriel García Márquez: del amor y otros demonios. La ocasión no podría ser más anodina: el proyecto de construcción de un hotel en el lugar que otrora fuera un convento de clausura asechado por las sombras oscuras de la Inquisición. La ejecución de la tarea pudo haber sido la pesadilla de cualquier arquéologo: obreros que despedazan las tumbas tratando de adjudicar un orden a los restos que encuentran. No es difícil develar la razón por la cual dicho evento llamó la atención de periodista y sobre todo del escritor García Márquez: la cabellera extraordinaria ligada a uno de los cadáveres que no habría dejado de crecer.

 La historia se sitúa en el siglo XVIII y gira alrededor de Sierva María de Todos los Ángeles, hija del Marqués de Casalduero y de la plebeya Bernarda Cabrera. Una niña criada por los sirvientes que habitan la gran casa paterna y quienes se han negado a cortarle su larga cabellera rubia como pago de una promesa hecha a los santos por parte de una de las esclavas quien fungió como madre y protectora de Sierva María.  El mordisco del cual es víctima Sierva María en la víspera de su cumpleaños número 12 por un canino rabioso, es el punto de partida de un relato por el que transitamos con deleite y viva emoción gracias a una narración impecable.   Un relato oscuramente encantador que nos sumerge en la mirada fascinante y extraña de los conquistadores -y en lo que se ve como perturbadoramente cotidiano – de los habitantes de un lugar perdido en el Caribe colombiano. Una mezcla de magia y terror.

El contexto colonial aporta mucho de lo terrorífico aquí. Y como figura de orden, el estatuto religioso – concomitante al proyecto colonizador-, fija la atmosfera general del mundo de Sierva María. En ese universo, los lugares son espacios de locura y de perdición.  La casa paterna por ejemplo, donde Sierva María pasa su infancia, está dividida entre las estancias de los esclavos y las habitaciones de los amos, que solo el azar hace que sean los padres de Sierva María.

Aunque pareciera que los limites están bien zanjados, todo en estos espacios se confunde, se intercala y se mezcla, desafiando constantemente cualquier inclinación al orden. Así, los esclavos transpasan constantemente los límites a los que parecieran estar confinados para deslizarse y asechar por la gran casa convertidos en seres que han perdido la consistencia. Se vuelven ligeros, íncubos desfogando un voraz apetito sexual.  Este entre dos es un fiel reflejo de la condición fundamental de la narrativa que se les ha impuesto: obligados a habitar el espacio–universo de la fé cristiana se deslizan en permanencia hacia ese otro espacio mas amplio donde habitan la multiplicidad de dioses y espíritus heredados de sus ancestros africanos.

En otro nivel, -pero también sujetos a esa misma dualidad- están los padres de Sierva María. Desprovistos de deseo vital, de fuerza, son los amos de la casa y a su vez son seres venidos a menos que asumen una presencia fantasmagórica de la cual son apenas conscientes.

En contraste, Sierva María habita el mundo de abajo, donde todo se hace ruido, engaño y artimaña. Ella constituye un espacio de fuerza, y su presencia se impone volviéndose cuerpo, vísceras, grito, canto de dioses páganos, sangre. Pero tambien silencio y sigilo. Su dicotomía es la de ser obligada a no-ser, producto de la negación original de la que ha sido víctima de parte de sus padres y su propension natural a existir con toda la fuerza de la resistencia esclava que le ha sido heredada por adopción.

La gran casa familiar se sitúa a su vez en algún lugar de la exhuberante Cartagena de Indias, en ese trópico que acumula los mas profundos temores de los colonizadores: el calor infernal y la pasión desbordada que de allí se exhala. Un lugar inhóspito y caótico por ontonomasia donde se hacen posibles todas las mezclas descontroladas entre razas inferiores y aflora lo mas innoble del comportamiento humano: la pereza, la falta de voluntad, el laxismo.  El riesgo de contagio es siempre inminente y el ejemplo mas preponderante es el caso del Marqués quien pareciera haber sucumbido a esa atracción maléfica del trópico que le habría arrebatado toda su vitalidad.

Los combatientes naturales de esos demonios del trópico son por supuesto, los miembros de la institución religiosa. El obispo de Cáceres y Virtudes y su fiel escudero Cayetano Delaura que llegan a Cartagena solo por un azar, producto de un accidente, luego de desembarcar en Santa María la Antigua del Darién, primera ciudad de asentamiento espanol. Asumido como designio divino, la naturaleza del sacrificio que se les devela es visto como un destino. La función allí no puede ser otra que la inmolacion, en beneficio de un bien mayor : la salvación divina de almas. Un triunfo que sin embargo, se da por perdido, según las afirmaciones del obispo: “hemos atravesado el mar océano para imponer la ley de Cristo , y lo hemos logrado en las misas, en las procesiones, en las fiestas patronales, pero no en las almas”.

La rabia aquí ostenta un estatuto particular. Somete a los cuerpos a un martirio casi interminable. Es ruidosa, pendenciera. Desafia el silencio y el orden. Si los síntomas podrían hacer pensar en una posesión demoniaca en estricto sentido, pareciera que su estatuto de enfermedad hace que la suerte de las víctimas no interese a los cuidadores de almas. Los cuerpos y las almas atormentados son abandonados a su suerte en espera de la muerte, que a veces tarda mucho en llegar. En contraste, en el caso de la posesión demoniaca, la institución religiosa se apropia de los cuerpos para someterlos, torturarlos y vaciarlos con el fin de salvar lo único que importa: el alma.

¿En que momento se opera la distinción, la selección entre los dos tipos de tormento?

Si la mordida del animal podría hacer pensar que la distinción es tajante, el caso de Sierva María hace trizas la simplicidad de la respuesta. Su comportamiento desconcierta e interpela porque no hay una lógica que lo justifique. Una niña rubia que por abolengos no podría ser esclava ostenta y exhibe, sin embargo, con orgullo y con ahínco todo el poder y los misterios que se atribuyen a la raza sometida.  Pareciera que la rabia es una explicación demasiado simple para su comportamiento y que una especie de encantamiento rodea todo lo que se relaciona con ella. El narrador se deleita en esa ambigüedad y muchas de las descripciones del comportamiento de Sierva María se sitúan en elentre dos. Una niña que no es de este mundo y que pareciera tener la capacidad de influenciar el comportamiento de otros. La enfermedad por causa de rabia es rápidamente descartada por el estatuto religioso (en boca del Obispo y de las monjas del Convento). Si desde su punto de vista es innegable la posesión demoniaca, en el caso de Sierva María ésta cobra una dimension mayor porque se encuentra impregnada de una cierta fascinación.

Al diagnóstico de posesión se llega por deducción cuando se han ensayado todo tipo de rituales en el cuerpo sufriente de Sierva María. En ésta instancia es poco probable que la niña tenga rabia. Su cuerpo apenas exhibe síntomas, pero su comportamiento sigue siendo un misterio.  Lo que termina por incomodar no es solo la falta de fé, sino el no confiarse a la institución religiosa como vehículo de salvación, que se ve primeramente en la actitud del Marqués y su reticencia a acudir a ella. A la Iglesia. Solo lo hace en medio de la desesperanza y porque no hay mas remedio. Literalmente. Y se arrepiente inmediatamente.

Pero desde la altivez del canon dominante, esa incredulidad es la verdadera enfermedad, que pareciera contagiarse. Representa no solamente la constatación de un fracaso (el del proyecto evangelizador) de por sí un hecho enorme, sino que lleva consigo el temor de que ello se transforme en un poder subversivo.

 Hay en el relato dos personajes, paradigmáticos de ésta disyuntiva. el joven sacerdote Cayetano Delaura, cuya curiosidad fue amputada tempranamente por la institución religiosa a través de la prohibición de cientos de libros, y quien consuela su sed de saber dentro del mini universo de lectura y de rutinas que se ha creado.  Si el retrato inicial con el que se nos muestra es el de un ser con un carácter aplacado y tranquilo por demás, la narración poco a poco le asigna todos los signos de un ser debatido y torturado en permanencia entre su fé construida y su interés por el afuera, un afuera que no es compatible con su vocación religiosa.

Y está también Abrenuncio de Sa Pereira Cao. Médico poco convencional que reniega de su saber científico y cuyos procedimientos se acercan peligrosamente al campo de la adivinación y de la brujería. Asiduo lector, la identificación que se opera con Cayetano es évidente. Aunque pertenecen a universos distintos y tal vez antagónicos, los dos coinciden en la imposibilidad de impugnar el diagnostico oficial de posesión por falta de legitimidad. Porque a esta altura los dos ya se sitúan inevitamente en el afuera del canon religioso, y van cayendo del otro lado, en el abismo que conduce poco a poco a la incredulidad, con la duda haciéndose camino hacia lo mas profundo de sus almas.  

Lo que me deja el relato es un profundo sentimiento de empatía que se vuelve doloroso, porque se combina con una forma de injusticia que aparece como incuestionable y sobretodo inevitable.

Esta empatía no es por Cayetano, convertido en falso héroe y salvador; tampoco por la inmolación del obispo de Cáceres al confinarse a vivir en tierras tropicales con tan altruista propósito. Menos aún por la suerte de los padres de Sierva María que son habitados por el desinterés, la apatía y sobretodo por su  propio egoísmo.

La empatía es evidentemente por aquella niña torturada que se quiere no solo huérfana sino negada de amor. Ella, cuya presencia en la casa paterna es, sigilosa y ruidosa al mismo tiempo, no encuentra un lugar de ternura que habitar. Lo encuentra en el afuera. Con los olvidados que son para ella su verdadera tribu- familia.   

La invisibilidad de la que acusan a Sierva María, su sigilo, es solo fruto de la artimaña que le ha sido inculcada como artilugio y defensa y un reflejo del deseo parental que exige la negación de la hija, al ser la consecuencia de un deseo mustio, marchito. Imposibilitada para aceptarlo, Sierva María se hace ruido -volcán, explotando a cada instante, incontrolable  e inaprehensible.

Solo se doblega ante el amor de Cayetano, por necesidad. Porque esta privada de su libertad y porque le parece inofensivo en comparación con todos los otros seres que ha conocido en su corta vida. Porque es una niña de doce  años. Porque ansia ese espacio de ternura que siempre le fue negado. Porque es una niña de doce años. Porque admira el valor de aquel hombre que la visita continuamente y sobretodo su persistencia.. Algo que no conoce. Su ansia de amor es dulce, inocente, como solo puede serlo el de una niña de doce años.

No es la figura de Cayetano la que le interesa, sino la de la libertad que el encarna. esto es comprobado cuando constatamos que promesa de otro miembro de la institución religiosa que la visita durante su cautiverio, es escuchada con atención por Sierva María y su figura es vista por ella como un “arcángel de salvación”.

En el otro extremo, el amor de Cayetano, y sobretodo su deseo, es descrito como una fuerza demoniaca que se apodera de él. Una posesión de un género diferente a la de Sierva María, pero un maleficio ciertamente propiciado por ella. La del amor, nos dicen. Más bien la de un deseo malsano que no es nombrado. Un amor carnal que le es prohibido a doble título: como miembro de la institución eclesiástica y por ser el objeto de su deseo una niña de doce años. Esta última circunstancia, aunque central, es completamente ignorada. Para ninguno de los personajes, la corta edad de Sierva María es un argumento para su defensa. Y ésto es así porque el halo de la posesión demoniaca la despoja de su humanidad, de su estatuto en el mundo real,  para reducirla a un cuerpo poseído que el demonio usa para engañar. Y Cayetano es víctima de ese engaño. Nótese sin embargo que su posesión es de una otra índole que la de Sierva María y como tal parece que mereciese un castigo diferente, enmarcado por la discreción y la desaparición, en silencio.

El narrador nos oculta las razones de la condena que le es impuesta a Cayetano de parte del obispo. Hay un secreto compartido que es el de la naturaleza de la verdadera falta de Cayetano, pero queda la impresión de que el castigo impuesto es por la herejía cometida. O fruto de los celos. Si atendemos la verdad revelada por la enajenada Dulce Olivia, que propaga los rumores de que el obispo y Cayetano tendrían una relación filial de padre e hijo, o peor aún, que habrían sido amantes.

La gran ausente del relato es Sierva María. Su palabra. Su sentir frente al extraño mundo en el cual vive. Una palabra que le fue confiscada por el estatuto religioso de la época. Como a muchos otros. Podríamos conceder que sus sentimientos y sobretodo su resistencia invaden el relato, pero solo como reacción. Su actitud feroz esconde toda la fragilidad que lleva dentro, que sólo es imaginable cuando se piensa en que ha tenido que cargar con el odio de su madre y el olvido al que su padre la relegó.

 La muerte de Sierva María, aunque dolorosa, nos llega como un bálsamo. De alguna manera la anhelábamos para saberla despojada de todo su sufrimiento.  Pero descubrimos entonces que su cabellera rubia y larga se niega a morir. Dejándonos con el sinsabor de que hay algo que sobrevive. Algo mágico y que causa terror. Revelador de la esencia mágica de la niña. Que aún en su tumba se resiste a morir completamente.

¿Cómo podríamos entender la historia de Sierva María en éste presente? ¿Sin la religión como marco de interpretación y sobretodo, como sistema de imposición?

Primero que todo hay que nombrar el deseo pedófilo de Cayetano Delaura. Un deseo carnal de un hombre de 36 años por una niña de doce años, quien infamemente se quiere salvador porque es visto como la única opción. Y sería imperativo eliminar la justificación del trópico como lugar de locura y de perdición (estigma de la mirada conquistadora sobre el Nuevo Continente). Así podría emerger con claridad la necesidad de amor y de comprensión de esa niña de doce años. Desde su fragilidad y su vulnerabilidad.    

Imaginemos por un momento que los planes de fuga de Cayetano y Sierva María se realizan y que consiguen convivir en un lugar apartado y remoto. El carácter guerrero de Sierva María me llevaría a pensar a la necesidad de la fuga. De su fuga. Lo que siempre había deseado. Porque la quiero imaginar libre de ese yugo, de ese peso que la convierte en esclava del amor (¿la pasion?) del otro. Por falta de elección. Libre también de la culpa de haber nacido. Una culpa que no le pertenece. E imposiblemente libre de su época y del estigma.

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