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Cuando la muerte de tu madre te llega y tu estás del otro lado del océano…se puede contar otra historia?

Cómo sufría por ella que hasta en su muerte la fue llamando…con la voz de Caetano Veloso. Un momento irrepetible, único. Ahora. En el momento surrealista que estaba atravesando. La muerte. Palabra impronunciable. Recuerdo que para decirlo por la primera vez tuve que recurrir a otra lengua. Ma mère est décédée! Tartamudear. Para que me fuera extraño. Para que no sonara habitual. Para que la muerte me siguiera pareciendo algo ajeno. En la distancia. Lejos, inalcanzable. Sumándose a la distancia que hacía todo más impreciso, más surreal. Ubicándome en ese espacio de lo ininteligible. De la no presencia. Abriendo una brecha más, una capa más a la imposibilidad de estar allí. De estar presente. Estaba ausente. La madre estaba ahora ausente. Y yo también lo estaba. Lo había estado.

Me preguntaba si eso mismo había sentido mi madre cuando me vio partir. Hacía otro país. Otra lógica pero la misma partida, y el duelo? Porque en su horizonte, el de mi madre, esa posibilidad de la partida nunca existió. No estaba allí. Había leído en alguna parte que los aztecas, cuando vieron los barcos de los españoles a lo lejos, no pudieron imaginar de lo que se trataba. Literalmente se quedaron con la imposibilidad de imaginar algo que era inimaginable. Así mi madre. Lo sentía en permanencia en las llamadas telefónicas donde nunca se aludía a esa tristeza. Como las madres de su generación, a la suya le había sido inculcado el dogma del sufrimiento en silencio. Su fatalidad. Su sacrificio. Como una prueba de amor. En la lógica de la proyección que se transmite de madre a hija. No tenía que decirlo para que yo lo entendiera. En la distancia. A través de la distancia. Yo había osado romper el hechizo y la cadena: casarme, tener hijos, acompañar a los padres en su vejez. Aunque para mi todo eso era aún posible, en el infinito de posibilidades que se abrían. Pero de otra forma. En otro momento. No en el ahora. Era cierto que había roto el hechizo. Y la lógica de la continuidad que lo acompañaba. Me atormentaba que el sacrificio de mi madre hubiese sido en vano. Dentro de esa lógica de las compensaciones y de sacrificios. No podía no quedarme atrapada en ella. En la lógica. En su manto y bajo su abrigo. Pero lo sentía como una culpa al no poder corresponder de la forma indicada. Como una traición que yo hubiese planeado con la mayor cobardía y con sangre fría. ¿Además, por qué razón había trocado todo eso? ¿Por estar sola, lejos del nido? ¿Sin un proyecto definido?

Sóla. Como si no estuviese deseando ese momento de poder estar conmigo misma. Sóla. Era la única palabra que retenía mi madre. Como si en eso consistiera el castigo. Ahora todos los recuerdos me venían a la memoria, directo desde mi corazón, cuando caminaba cerca del Père Lachaise, justamente con el deseo de anticiparme a la muerte. Queriendo ganarle una de las batallas. Visitándola de cerca. Siempre me había gustado el aura que emanaba de ese lugar. Calma. Calma. Era lo primero que se me venía a la cabeza. Pero en ese día mi cabeza ya no estaba allí. Ni siquiera para los asuntos prácticos que, afortunadamente, mis hermanos se habían encargado de evitarme. Pero quedaba aún el tema del viaje. Indefectible. El viaje en avión hasta mi tierra. Debía al menos organizar eso. Desde la precariedad de mis años viviendo lejos del hogar. Porque ni siquiera una estabilidad económica había conseguido. A quién le importaba siempre y cuando hubiese obtenido la libertad de poder emanciparme de esa estabilidad económica.  Había sido mi decisión la de procurarme un trabajo de medio tiempo, no dos, ni tres. Sin artilugios. No en la sombra. Mi elección fue mi libertad. De elegir qué hacer, cómo hacerlo. Las diosas de la Fortuna y de la Suerte no me abandonaron. La ciudad de la luz rosa me acogió sin reservas. Pareciera que estuviese destinada a esa ciudad que se acomodaba perfectamente a mi ser. Fue generosa y dadivosa. Y me acostumbré a esa facilidad. Tanto que logré recrearla para mi familia. Le don du partage. Sin reservas. Porque todo me había sido concedido en esa ciudad.  La ciudad entera me la obsequiaba. Porque era mi contribución. Abrir un intersticio. Para entrever que era posible. Contarme otra historia. Porque había seguido las pistas. Todo lo que el mundo me había hablado.  Y mi convicción fue que mi madre lo había entendido. Había terminado por entenderlo. No había delito. Y entonces, porque me invadía ese sentimiento de culpa? La inminencia de la muerte me había devuelto esa vulnerabilidad que creía perdida. Y los miedos. Y la falta. De no estar allí en el momento previo. Lo que ahora interpretaba como falta de valentía. El miedo que me invadía. Pero me encontraba ahora con Waslala, el lugar utópico que se busca, para ratificarme que lo indefectible pasa. Para consolarme. La partida. La mía pero también la de mi madre. La de Melisandra. Que es también la llegada a la tierra prometida. Un espacio tiempo que no existe porque hay que construirlo. Ahora la única opción era asumirla…a ella y a la muerte…